Espacios para jugar, espacios para aprender

grafico1El videojuego siempre fue una de mis aficiones predilectas. Pasé buena parte de mi infancia y adolescencia adentrando, fascinado, mis primeros pasos en el ocio electrónico y por ello es un mundillo al cual le guardo un cariño especial desde siempre. A lo largo de los años multitud de sistemas han pasado por mis manos, y mucha diversión en ellos y en sus juegos. En todo este tiempo (y no únicamente gracias a los videojuegos, todo sea dicho) aprendí lo que significa el acto de jugar: el juego es expresión, aprendizaje y ante todo diversión.

Sí, aprendizaje, porque la dimensión educativa del juego constituye uno de sus pilares fundamentales, teniendo en cuenta que es la manera natural que tenemos para comenzar nuestro aprendizaje básico. Desde que somos bebés, aprendemos jugando y jugamos aprendiendo. Y así, un día me puse a pensar y me pregunté a mi mismo ¿y qué he aprendido yo de todo esto? Yo, como todos, juego ante todo para divertirme, pero eso no significa que la diversión pura sea lo único que me haya aportado esta afición. Por ello me gustaría explicar lo que en mi humilde punto de vista me han enseñado sobre todo los videojuegos y como esto ha repercutido en mí.

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Siempre he tratado de hacerme preguntas sobre todo lo que me rodea. Hacia mi adolescencia tardía, comencé a preguntarme ¿y por qué esto me divierte tanto? Pensé que debía de haber algún tipo de “fórmula mágica” para crear videojuegos divertidos, y ya intuía que el diseño tenía mucho que ver en ello. Para responder a esa pregunta comencé a indagar en ludología y diseño, y mi interés hacia esos campos comenzó a verse acrecentado cuando constaté que esas teorías que leía no eran abstracciones ajenas a lo que jugaba sino que eran algo que podía comprobar de forma muy directa sencillamente jugando (o rejugando) ciertos títulos. Así, llegó un momento en que solo rejugaba a ciertos juegos (generalmente monojugador) para deleitarme con el buen hacer de su diseño estructural y lúdico.

Más tarde llegué a una conclusión… ¡es el espacio! Si, aquello que tanto me divertía solía tener mucha relación con el diseño del espacio de juego, como está estructurado para que el jugador interactúe con él y sobre todo como es diseñado para que el jugador pueda aprender por sí mismo las reglas de juego sin ayuda de incómodos y forzados tutoriales textuales… más por medio de -entre otras cosas- su propia intuición espacial. Lo que tanto llamamos “tutoriales invisibles” me confirmó que un buen diseño se debe entender por sí mismo y no tanto por medio de “ayudas” como textos obligatorios que interrumpen y cortan de forma molesta el tiempo de juego. Es el espacio (virtual, en este caso) el que no deja de comunicar para que el jugador se mueva de forma autónoma y se guíe por su propia intuición; es el espacio el que ha sido diseñado para un propósito concreto: que nos divirtamos y que aprendamos las reglas de forma inconsciente por medio sobre todo de su diseño espacial, que no deja de sugerir. En mis primeros pasos con un juego nunca suelo advertir estos trucos, solo es después en mis rejugadas cuando suelo hacerlo. Así, las primeras tomas de contacto con un buen juego, un buen espacio, son una comunicación constante que absorbemos de forma inconsciente sin advertir sus “costuras”, esa es la magia y la maestría de un buen diseño estructural, aquel que se hace valer de sus elementos para sugerir y ser comprendido pero nunca dando más información de la cuenta para que no veamos sus trucos a la primera.

Pensé entonces que si los videojuegos (los buenos videojuegos) hacían esto en un plano virtual, esta manera de utilizar la espacialidad para comunicar de forma sutil pero certera debía de poder replicarse de forma similar en un espacio “real” y físico ¿no? y así indagué… ¿Qué espacios reales tengo a mi alcance para fijarme en esto? Es bien conocido como los supermercados tienen mil y un trucos de diseño espacial que, una vez dentro, nos “conducen” de forma inconsciente a la compra compulsiva. También, estando en Bellas Artes, pude coquetear con el diseño espacial para transmitir emociones en ejercicios de la asignatura de escultura. Pero ninguno de estos ámbitos me satisfacía lo suficiente como para realizar un acercamiento serio a la idea de espacio físico concebido como medio para comunicar de forma implícita.

Más tarde, mi interés creciente por la infancia y la pedagogía hizo que considerara la idea de adentrarme en la educación infantil, una etapa educativa que ha sido todo un dulce descubrimiento para el que aquí escribe. He creído ver en ella  un potencial único para hacer cierto uso de esta idea por el extraordinario protagonismo del juego y por disponer de unos espacios donde la interactividad es mayor, donde todo está dispuesto para que habitar y descubrir en estos lugares sea apetecible; donde, en fin, el espacio puede ser un perfecto agente comunicador invisible pero siempre presente. Donde en otras etapas educativas encontramos espacios como meros contenedores de alumnos, planos, sin nada que nos haga querer adentrarnos en ellos, explorar y aprender, en las escuelas infantiles (mal llamadas guarderías) tienen que tener vida por necesidad. En ellos se aprende, se habita, se juega…se comunica. Se vive.

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Sería simplista por mi parte reducir solo a este motivo mi particular interés en la educación infantil, también otros muchos factores y aprendizajes en mi vida me empujaron a ello pero las demás razones no vienen al caso ahora, teniendo en cuenta que en esta casa se habla de videojuegos y en fin… tampoco quiero aburriros con mi vida. Sería simplista, también, reducir toda la comunicación y la diversión de un juego a la misma disposición espacial (como también, reducir toda la educación infantil a este factor), pero mentiría si dijera que este no es el aspecto concreto del diseño que más me ha fascinado y transmitido desde siempre. Y también el que más fácilmente he visto extrapolado, en cierto modo, en contextos de la vida diaria fuera de lo digital. No quisiera decir con todo esto que plantear un espacio educativo infantil es exactamente igual a diseñar un videojuego, ni mucho menos; mentiría si así lo dijera. Pero si que creo percibir cierta filosofía subyacente compartida, cierta intención de ver los espacios como medios para comunicar para que aquel que lo habita pueda aprender por si mismo observando todo cuanto ve, tocando todo, interactuando con todo lo que se le presenta… sin darse cuenta de que esta libertad que tiene queda supeditada a un conjunto de decisiones de diseño siempre deliberadas, siempre pensadas por aquellos “en la sombra”, aquellos narradores invisibles, fascinantes, que llamamos diseñadores. Ellos, quienes tanto tienen que decir y que utilizan la espacialidad como su particular vía de expresión.

Desde pequeños se nos educa en una especialización de saberes muy encorsetada que comienza con las asignaturas del colegio y termina por los oficios del mundo laboral. Por eso, nos puede costar relacionar dos “especializaciones” a priori tan diferentes y que algunos incluso pretenden presentar como antagónicas, como enemigos incompatibles. Pero tan pronto como uno trata de cuestionar todo lo que ve y tiene voluntad de relacionar todas sus pasiones para construir su propio camino de vida, se da cuenta de que todo confluye de forma natural y que muchas separaciones que surgen entre “especializaciones” tienen bastante de artificial.

Así aprendí yo que el espacio (tanto virtual o físico) es algo que podemos aprovechar para transmitir ideas subyacentes a los demás, de una forma u otra dependiendo del contexto y la naturaleza de ese espacio. Y si esta transmisión se diseña en base al juego, el aprendizaje dentro de dicho espacio será mucho más sencillo. Sea de reglas concretas o ¿Por qué no? De convivencia con los demás, o de emociones, tal y como aprendí en aquellos mencionados ejercicios de la facultad y que quisiera también poner en practica con los niños. Los videojuegos no son el único tipo de espacio donde se diseña para comunicar, como hemos visto, pero si uno de los que más incidencia ha tenido en mi, y uno de los que más me han enseñado esta idea esencial sencillamente jugando. Y así, precisamente, aprendí yo esta lección: nada más que jugando y preguntándome por qué juego. Ahora ya estoy un poco más cerca de saberlo.

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